Quitarse los zapatos y dejarlos muy atrás. Echar a correr por la playa y dejar que las preocupaciones se caigan de los bolsillos. Mirar cómo las olas salvajes chocan unas contra otras. Desear ser una de ellas. Ofrecer la cara al sol ardiente. A los pocos minutos, buscar la sombra. Tener sal en la piel, en el pelo y en los labios. Y un peinado más salvaje que la vida después de los veinte. Buscar conchas y elegir cuál me llevo. Y luego dejarlas todas en la orilla. Sacudirme arena hasta de sitios que ni sabía que existían. Respirar todos esos olores nuevos y tan familiares. Bañarme entre la espuma. Comer, beber y dormir bien. Echarme la siesta por la tarde. Y también por la mañana y por la noche. Frenar la vida de cien a cero. Sentirme feliz y pensar que seguro que siempre ha sido así. Soy libre. Y siempre lo he sido.